- Te cuento una cosa Juan:
Aunque pueda parecerte un chiste, yo, antes de convertirme en estos
ciento veinte kilos que ves, supe ser un guacho muy delgado, atlético, estilizado. Vos dirás “El
gordo Garibaldi, estilizado?”. Todo empezó de muy pendejo. Mi
temprana hiperactividad, de esas que enloquecen a cualquiera, llego a preocupar mucho a
mis viejos, que en aquel tiempo hicieron infinidad de intentos por hacerme bajar las
revoluciones. La idea, por recomendación de un psicólogo amigo (psicólogo de la vieja escuela, de esos que creían que obligándote a hacer mil cosas podían hacernos bajar la intensidad) era que
gastara energías, y así, llegada la
tarde/noche, ya pudieran tenerme lo suficientemente agotado como para no
transformar su momento de descanso diario, post jornada laboral, en
el averno. Elaboraron estrategias bastante improvisadas, sin ninguna sistematicidad, que abarcaron diferentes
campos de acción a lo largo de los años. Una de ellas, por ejemplo,
fue la de enviarme a tomar clases de ingles. Las clases de ingles, en
aquel momento, años `80, eran a la siesta, después de haber
asistido a la escuela por la mañana, o sea, a la hora en que, de
pendejos, tocaba salir a jugar a la calle. El resultado de este primer intento fue que terminé detestando profundamente la lengua anglosajona, y a la
Cultural Inglesa Rafaelina, como institución castradora de la niñez.
La tortura duró solo dos años. Termine abandonando. Pero mis viejos no se resignaban y la estrategia
no se quedó ahí, incluyó una incursión por diferentes disciplinas artísticas: teatro,
pintura, clases de guitarra. Todas infructuosas. Y después de tanto
fracaso, ya bordeando la desesperación, me terminaron empujando a
la práctica de diferentes disciplinas deportivas. Básquet, Futbol,
Voley, Tenis. Y fue casualmente sobre ésta última -a pesar de haber
asistido solo seis meses a clases- que me quedo un muy grato
recuerdo. Creo que en ese momento, con tan solo diez años de edad, no
terminé de comprender ciertas profundidades del Tenis, pero evidentemente algo hubo en ese deporte, que me dejo una espina enterrada en el
inconsciente. Muchos años después, en mis veintes, siendo ya muy aficionado a Grand Slams, Master 1000´s, y cuanto torneo se
transmitiera por tele, decidí retomar las clases nuevamente. La madurez y el correr de los años terminaron por darme la razón: Había algo especial en ese deporte maravilloso. El tenis es algo único, y tiene un sello que lo hace distintivo: probablemente no exista otra disciplina deportiva que exija una toma de decisiones tan permanente, continua, sostenida. Y que a su vez, cada una de esas decisiones puedan ser tan determinantes en lo inmediato, de una manera tan contundente. El tenis son fracciones de segundos. El Tenis son milímetros, en donde la pelotita caerá del lado bueno o malo del fleje. Se trata de ganar y de perder. Un punto, el set, el partido. El Tenis es un estado de ánimo, que condiciona aciertos o desaciertos. El margen de error es tan pero tan ínfimo que un poco asusta.
- Ya se Juan, me puse autorreferencial, masturbatorio. Pero entendeme, hacer
una metáfora sobre el tenis y la vida puede funcionar tranquilamente,
y aparte, es lo que me surge en este momento con algunas copas de más, no me reprimas che! Que el alcohol me suelta la lengûa, y vos como nadie conoce mis miserias. Cometí todos los errores
que un adulto puede cometer. Tome pésimas decisiones en los últimos quince años. Me volví el
más conservador, cuando la circunstancia pedía a gritos liberarse
y soñar. Tiempo después, con tremendo antecedente en la espalda,
quise jugármela, soltarme, pero elegí un mal momento para hacerlo, cuando
era previsible el fracaso. Que, como buen negado, no quise ver. Despilfarre toda la
guita que tenía. Espante a mis mayores afectos. Tome pésimas decisiones.
Encadenadas una tras otra, como si así me lo hubiese propuesto. Pero
acá me tenes, rearmando las piezas. Y si de toda esta descarga puedo concluir
una cosa es que la vida, como el Tenis, también se constituye de milésimas de segundos, de milímetros. Y en ambas cuestiones, el margen de error siempre es muy
pequeño.
Ganar, perder, triunfar, fracasar. Todas palabras que gobiernan nuestro inconsciente y condicionan nuestras decisiones. Que nos llenan de miedos. Entre la idea absoluta del éxito y el vacío existencial se puede observar una correlación siniestra, y empíricamente comprobable. El deseo de triunfar en las cosas que hacemos puede servirnos como incentivo, como elixir motivador para seguir caminando, pero nunca permitir que subordine nuestros actos en la vida cotidiana hasta llevarnos a la inercia, a la inmovilidad. Ganar/Perder. Triunfar/Fracasar.
Falsas dicotomías del sistema, la mentira mejor camuflada de esta gran Mátrix.
- Cómo nos embaucaron con esa gilada, Juan, y nosotros seguimos comprando buzones como si fueran espejitos de colores. Si al final, el viejo hijo de puta de Churchill tenía razón cuando decía que 'el éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse'. Por eso digo, Juan, en la vida, como en el tenis, terminé aprendiendo que no hay tantos secretos. Que se puede ganar o se puede perder un partido. Pero a lo que jamas tenemos que renunciar es a tomar decisiones. El secreto es convencerse, aferrarse a una estrategia y jugar en consecuencia. No privilegiar tanto la técnica, sino la táctica. Jugársela. Tirar winner's pegados a la línea, a riesgo de que la bola se termine por ir larga. Porque es ahí -en ese segundo, cuando soltemos ese drive o ese revés-, donde vamos a sentirnos vivos. Más vivos que nunca. En ese milímetro de más o de menos, en el que la pelota se irá larga o tocará el fleje, hay una decisión que aloja un germen de libertad. Y después de eso, de que logremos sentir a ese germen recorriendo nuestro cuerpo, vamos a darnos cuenta que ganar o perder el partido pasa a ser insignificante. Mediocre. Y ya te lo dije hace rato Juan, nosotros dos, no vinimos a este mundo para quedarnos mediocres.
- Cómo nos embaucaron con esa gilada, Juan, y nosotros seguimos comprando buzones como si fueran espejitos de colores. Si al final, el viejo hijo de puta de Churchill tenía razón cuando decía que 'el éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse'. Por eso digo, Juan, en la vida, como en el tenis, terminé aprendiendo que no hay tantos secretos. Que se puede ganar o se puede perder un partido. Pero a lo que jamas tenemos que renunciar es a tomar decisiones. El secreto es convencerse, aferrarse a una estrategia y jugar en consecuencia. No privilegiar tanto la técnica, sino la táctica. Jugársela. Tirar winner's pegados a la línea, a riesgo de que la bola se termine por ir larga. Porque es ahí -en ese segundo, cuando soltemos ese drive o ese revés-, donde vamos a sentirnos vivos. Más vivos que nunca. En ese milímetro de más o de menos, en el que la pelota se irá larga o tocará el fleje, hay una decisión que aloja un germen de libertad. Y después de eso, de que logremos sentir a ese germen recorriendo nuestro cuerpo, vamos a darnos cuenta que ganar o perder el partido pasa a ser insignificante. Mediocre. Y ya te lo dije hace rato Juan, nosotros dos, no vinimos a este mundo para quedarnos mediocres.
@JoaquinitoAzcu
Santa Fe, 1º de julio de
2013
La vida es Berlocq y no Federer, no jodamos.
ResponderBorrarTal cual, yo siempre te prefiero un picapiedras, disciplinado, y que cultiva su talento, y no los "talentosos innatos". Esos me aburren, jaja
ResponderBorrar