Días atrás la noticia sacudió a
América Latina y fue tapa de los principales diarios del mundo.
Uruguay decidió hacerse cargo de una realidad social, abordándola
en toda su complejidad y allanando el camino a la implementación de
una política de Estado. En esta nota se reseña en qué consiste el
camino elegido por el país vecino.
Tuvimos un comienzo de agosto atípico
en este hemisferio: la Cámara de Diputados de la República Oriental
del Uruguay, en una ajustadísima votación, con 50 votos a favor y
46 en contra, daba media sanción a un innovador proyecto de ley, que
legaliza la marihuana, y le otorga al Estado facultades para
producir, comercializar y distribuir la sustancia, situación que
reaviva nuevamente el debate postergado en la región sobre la
necesidad de caminar hacia un nuevo paradigma en el abordaje del
consumo de estupefacientes.
Las políticas de regulación de la marihuana a nivel mundial varían de país a país pero, a grandes rasgos, podemos decir que existen tres formatos:
Las políticas de regulación de la marihuana a nivel mundial varían de país a país pero, a grandes rasgos, podemos decir que existen tres formatos:
a) Los que han declarado al cannabis
como ilegal y mantienen la penalización;
b) Quienes declararon la ilegalidad
pero han despenalizado ya sea su consumo o tenencia;
c) Los estados que optaron por
regularla.
El imaginario simbólico remite en este
tercer grupo –erróneamente– a Jamaica, país en el que
legalmente están prohibidos el consumo y la venta de la planta. Otro
caso conocido es Holanda, donde el consumo y posesión en
pequeñas cantidad no está penalizado, y mantienen regulada la venta
de cannabis y derivados a través de los coffee-shops. Países en los
que el consumo –no el tráfico– también se encuentra
despenalizado son, por ejemplo: Italia, Suiza, Alemania, Bélgica,
España, Portugal.
En Estados Unidos la cosa es más compleja,
pues el consumo está penalizado a nivel nacional, pero es legal en Colorado y Washington, y se encuentra despenalizada en
otros 14 estados. Y el caso más raro es Corea del Norte, donde el
cultivo, venta y consumo de cannabis no está regulado por el
gobierno, ni tampoco está clasificada esa planta como droga.
Hasta este momento, podemos afirmar,
ningún país en el planeta se había animado a tanto. Y por eso es
saludable la iniciativa. Uruguay dio una clara muestra de madurez
política, y de soberanía. Decidió hacerse cargo de una realidad
social, abordándola en toda su complejidad y allanando el camino a
la implementación de una política de Estado que podrá dar
respuestas a usuarios recreativos, que producirá las adaptaciones
necesarias a su sistema de salud, que abre las puertas a la
regulación para el uso medicinal, y que servirá para enfocar la
mirada represiva exclusivamente al combate del
narcotráfico.
¿Qué se aprobó en Uruguay?
El proyecto de ley con media sanción
consta de 44 artículos, y regula la problemática desde
tres esferas diferentes: por un lado una regulación individual, que
habilita el autocultivo, con el tope de hasta seis plantas hembras, y
480 gramos de cosecha por año. Luego una esfera comunitaria, a
partir de la regulación de los Clubes de Membresía (popularmente
conocidos como Clubes de Cultivo), los que pueden tener un mínimo de
15 miembros y 45 de máximo, 99 plantas como tope, y producir una
cantidad máxima de 40 gramos por usuario. Y la tercera esfera
regulativa abarca al modelo comercial: la venta en farmacias, también
hasta 40 gramos por mes, excluyente con el autocultivo y los Clubes,
a través de un registro de compromiso, en el cual el usuario se
compromete a no comprar más de esos 40 gramos de marihuana. O sea,
todos los usuarios (que deben ser mayores de 18 años) deberán
registrarse, con la debida protección de datos personales.
Para todo esto, el Estado uruguayo crea
el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA), que
dependerá del Ministerio de Salud Pública, y será el encargado de
regular toda la actividad: desde la producción hasta el expendio en
farmacias.
Lo llamativo es que, pese a que aún no
está aprobada la ley, cuatro días después de la media sanción el
director de la Junta Nacional de Drogas, Julio Calzada, anunció que
las farmacias venderán el gramo de marihuana a U$S 2,5 "para
que esté en línea con el mercado negro" y evitar "desviaciones
de producto de un mercado a otro". El mismo Calzada también
afirmó que no se brindarán más de 30 licencias en total a empresas
que quieran plantar marihuana de manera legal. Todo esto da cuenta de
la magnitud del negocio, y explica en gran parte el porqué de la
proliferación de bandas narcos en toda la región.
Queda claro que la marihuana no es una
sustancia inocua (como no lo es ningún estupefaciente, sea legal o
no), y que puede acarrear en mayor o menor medida efectos no deseados
en nuestra salud, justamente por eso se decidió regularla. Pero vale
la pena resaltar –y puede corroborarse en la versión taquigráfica–
que gran parte del debate en Diputados estuvo centrado en las
aplicaciones del cannabis desde una esfera científica. En el campo
medicinal, por ejemplo, la industria farmacéutica investiga y
desarrolla cannabinoides como calmantes, sustituyendo a los opiáceos.
También investiga aplicaciones para el tratamiento de diferentes
tipos de cáncer.
El camino a recorrer en nuestro país
Cuando hablamos de despenalización y
nuevo abordaje de estupefacientes en Argentina nunca lo hacemos
con la idea de fomentar o relajar la idea del consumo. Pero tampoco
creemos saludable seguir tapando el sol con la mano, y negar las
nefastas consecuencias aparejadas por la ley nacional 23.737, tras 24
años de aplicación. Dicha norma nunca fue una herramienta útil
para combatir el narcotráfico, no redujo niveles de consumo, y
multiplicó por las nubes el número de causas penales a consumidores
con cantidades mínimas –quienes desde 2009 se encuentran amparados
por el fallo Arriola, que declaró inconstitucional la Ley 23.737 en
esos casos– saturando el Sistema Judicial. El paradigma
prohibicionista nos está llevando a un callejón sin salida. A una
paradoja, que busca eliminar los posibles daños que puede causar una
sustancia, generando mucho más daños que la sustancia misma.
Por otro lado, también es cierto que
detrás de la posibilidad de fumar o no un cigarrillo de marihuana se
juegan cuestiones conceptuales muy profundas. Estamos discutiendo
nada más ni nada menos que los alcances de nuestra libertad
individual, los limites del Estado, y la posibilidad que tienen
nuestros representantes de imponernos un modo de vida determinado,
creyendo saber qué cosa es lo mejor para cada uno de nosotros. Algo
muy propio de la modernidad, y la concepción de biopoder, en
términos de Michael Foucault. El control de los cuerpos, en el marco
del aparato de producción económica, y la sociedad de consumo.
Diferenciar el consumo del narcotráfico
es la clave para comenzar a dialogar. La educación y la información
son herramientas fundamentales a la hora de abordar la temática en
forma multidisciplinaria. Pero todo esto se logra reavivando este
debate que, a nuestro entender, es impostergable. En ese camino
estamos, y la respuesta uruguaya –de la que el mundo entero ha
comenzado a hablar– abre una puerta importantísima. Hacia ahí,
creemos, debemos empezar a caminar.
“LA VANGUARDIA”
Mes/año: septiembre de 2013.
Autor: Por Joaquin Azcurrain*
Pie de autor: *Grupo de Despenalización
- JS Ciudad de Santa Fe

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