Los años
fueron pasando y pasando, casi sin darme cuenta. A partir de mañana
será 33 el número que signará los próximos 365 días de mi vida.
Sin querer fui entrando en eso que los mortales conocemos como
Adultez. Entrar en la adultez tiene el sinsabor de muchas cosas. Del
hecho de empezarnos a entender como sujetos autónomos. De empezar a
entender, a martillazos, que las decisiones que tomemos nos
pertenecen en su totalidad. Así como sus consecuencias. Que ya nada
es lo que era. Pero que eso no tiene porqué ser necesariamente malo.
Así las
cosas. La realidad es eso: Realidad. La realidad como límite. Como
lo fáctico. Es lo que sucede aquí y ahora, mientras escribo estas
líneas deshilachadas y sin un rumbo muy claro, pero que
desbocadamente parecieran querer salir. Lo real es -también- lo que
ya sucedió. Y eso que ya sucedió, mal que pueda pesarnos, no
podemos modificarlo. Somos en parte eso. Somos también lo que
hicieron de nosotros. Y lo que supimos -y pudimos- conseguir.
Pero a
veces, muchas, me pasa que no quiero ser adulto. Porque esa realidad
que nombraba anteriormente, en esta etapa de la vida al menos, suele
cachetear fuerte y muy seguido. Y no se porqué, pero es en esos
momentos donde surge esa necesidad física de volver a ver a mi
vieja, recostarme en su regazo, abrazarla por la cintura y
transportarme a un mundo irreal. Como si viviera en una fabula. Como
si no hubiera mundo. Ni facticidad. Y transformarme, quizá, en El
niño de los Aromas, personaje de ese hermoso cuento que ella nos
supo regalar de chicos. Que pueda acariciarme, como solo ella sabia.
Que pueda decirme “mi negro”. Una vez mas.
Parece que
esta empecinada, la Sonia, en seguir apareciendo. En mis memorias y
en mis sueños. Algo de esos empecinamientos, para bien o para mal,
seguramente son heredados. Empecinamientos que sirven para avanzar.
Que a veces obturan, pero que ayudan a seguir caminando. Pero ella...
ella es una topadora. En mi cabeza su sola presencia anula cualquier
cosa que circunde. Tal cual como lo fue mientras vivió. Era como
esos grandes actores Hollywoodenses, que cuando aparecen en cámara
no podes sacarles la vista de encima, por mas que en escena pueda
haber otros personajes. Por contar con ese magnetismo, propio de los
distintos.
¿Cuántas
vidas vivimos? ¿Cuántas vidas morimos? ¿Cuánto podemos seguir
extrañando a alguien? ¿Hasta dónde puede un hecho puntual marcar a
fuego nuestra existencia? ¿Cuánto es el tiempo necesario para
empezar a asumir una pérdida? ¿Existe?
No hay
respuestas para todo. No estoy seguro si en necesario que las tenga
que haber, tampoco. Es que los neuróticos somos así, vió? Y nos da
por escribir columnas con tono depresivo un día antes de un nuevo
cumpleaños. Tan típico. Somos las primeras tres páginas del
prólogo de las obras de Freud. ja. Y en el momento en que logramos
asumir eso, cuando logramos asumir el patetismo de la condición
humana, ya no si se si será necesario seguir buscando tanta
respuesta, a tanta pregunta incomprensible.
@JoaquinitoAzcu
Santa Fe, 7
de Marzo de 2013
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