miércoles, 10 de julio de 2013

33

Los años fueron pasando y pasando, casi sin darme cuenta. A partir de mañana será 33 el número que signará los próximos 365 días de mi vida. Sin querer fui entrando en eso que los mortales conocemos como Adultez. Entrar en la adultez tiene el sinsabor de muchas cosas. Del hecho de empezarnos a entender como sujetos autónomos. De empezar a entender, a martillazos, que las decisiones que tomemos nos pertenecen en su totalidad. Así como sus consecuencias. Que ya nada es lo que era. Pero que eso no tiene porqué ser necesariamente malo.

Así las cosas. La realidad es eso: Realidad. La realidad como límite. Como lo fáctico. Es lo que sucede aquí y ahora, mientras escribo estas líneas deshilachadas y sin un rumbo muy claro, pero que desbocadamente parecieran querer salir. Lo real es -también- lo que ya sucedió. Y eso que ya sucedió, mal que pueda pesarnos, no podemos modificarlo. Somos en parte eso. Somos también lo que hicieron de nosotros. Y lo que supimos -y pudimos- conseguir.

Pero a veces, muchas, me pasa que no quiero ser adulto. Porque esa realidad que nombraba anteriormente, en esta etapa de la vida al menos, suele cachetear fuerte y muy seguido. Y no se porqué, pero es en esos momentos donde surge esa necesidad física de volver a ver a mi vieja, recostarme en su regazo, abrazarla por la cintura y transportarme a un mundo irreal. Como si viviera en una fabula. Como si no hubiera mundo. Ni facticidad. Y transformarme, quizá, en El niño de los Aromas, personaje de ese hermoso cuento que ella nos supo regalar de chicos. Que pueda acariciarme, como solo ella sabia. Que pueda decirme “mi negro”. Una vez mas.

Parece que esta empecinada, la Sonia, en seguir apareciendo. En mis memorias y en mis sueños. Algo de esos empecinamientos, para bien o para mal, seguramente son heredados. Empecinamientos que sirven para avanzar. Que a veces obturan, pero que ayudan a seguir caminando. Pero ella... ella es una topadora. En mi cabeza su sola presencia anula cualquier cosa que circunde. Tal cual como lo fue mientras vivió. Era como esos grandes actores Hollywoodenses, que cuando aparecen en cámara no podes sacarles la vista de encima, por mas que en escena pueda haber otros personajes. Por contar con ese magnetismo, propio de los distintos.

¿Cuántas vidas vivimos? ¿Cuántas vidas morimos? ¿Cuánto podemos seguir extrañando a alguien? ¿Hasta dónde puede un hecho puntual marcar a fuego nuestra existencia? ¿Cuánto es el tiempo necesario para empezar a asumir una pérdida? ¿Existe?

No hay respuestas para todo. No estoy seguro si en necesario que las tenga que haber, tampoco. Es que los neuróticos somos así, vió? Y nos da por escribir columnas con tono depresivo un día antes de un nuevo cumpleaños. Tan típico. Somos las primeras tres páginas del prólogo de las obras de Freud. ja. Y en el momento en que logramos asumir eso, cuando logramos asumir el patetismo de la condición humana, ya no si se si será necesario seguir buscando tanta respuesta, a tanta pregunta incomprensible.


@JoaquinitoAzcu
Santa Fe, 7 de Marzo de 2013

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