miércoles, 10 de julio de 2013

Marchas, contramarchas y contrariedades: Bello Abril

Viernes 19A. Abro las cuentas de mi perfil en diferentes redes sociales. Y si, el día después de otra jornada de protesta de gran magnitud en nuestro país deja sus rastros, sus marcas, en muros, tweets, en correos electrónicos. Amigos, conocidos, compañeros de militancia de diferentes espacios, transforman estas herramientas digitales en eventuales trincheras ideológicas desde donde disputan sus verdades relativas. Es que mucha es la tela que dejo para cortar este 18 de Abril. Y acá viene mi aporte, que quizá pueda ayudar a construir la verdad colectiva. Que es, en definitiva, la suma de todas nuestras verdades relativas.

Debo empezar reconociendo que, a diferencia de los anteriormente autoproclamados “cacerolazos” del 13 de septiembre y 8 de noviembre de 2012, en esta oportunidad, la adhesión de pensadores que respeto muchísimo -por dar algunos ejemplos Beatriz Sarlo y Roberto Gargarella- me hizo un poco de ruido. No creo que haya sido definitorio en cuanto a un viraje de mi punto de vista, pero es innegable que cuestiones así exigen ser más agudos a la hora de expresar las ideas, y darles una vuelta de tuerca a nuestros razonamientos.

Hay que empezar por decir que lo de ayer fue atípico. Que cientos de miles de personas se movilicen no es un dato menor, ni es un hecho normal. Sean por las causas y motivaciones que sean. Nunca se puede subestimar tamaña cantidad de gente caminando por la calle, en todos los rincones del país, aunque se lo haga de manera esporádica. Es que hay algo muy llamativo en todo esto, y es el hecho de entender que, instintivamente o no, un segmento importante de nuestra sociedad decide hacer valer unos de los derechos más importantes y genuinos al que nos asiste nuestra Constitución: el de la protesta. Derecho inmanente. Que nos pertenece. Y que ningún gobernante,sea del color político que sea, no los concede, ni tampoco nos lo puede sustraer.

Pero se me hace inevitable seguir remarcando que las cuestiones que me generan contrariedad no son muy distintas a la de las dos anteriores marchas. El multiconsignismo ecléctico, propio de un formato de protesta sui generis, sigue siendo, quizá, lo que más ruido me hace. Participo activamente en el Partido Socialista desde los 18 años. Y jamás milite para estar "en contra de". No me mueve el odio. Ni la irracionalidad. Sí las convicciones. Y si algo tengo claro es que al Gobierno Nacional hay que ganarle la calle. Pero todos los días, todo el año. Ayer me toco leer pancartas con consignas que banco y defiendo a muerte: Defensa de la Educación Pública, No a la Megamineria, No alFracking, Por una Reforma Judicial verdaderamente Democrática, No a la ReRe. El tema no eras esas consignas, con las que uno no puede dejar de coincidir. Sino las otras. Las que rozaban un espíritu antidemocratico.

Y de repente estoy hablando de democracia. Por que es en este tipo de acontecimientos donde afloran y se patentan usos engañosos sobre el sentido, alcance y esencia del sistema democrático. Diariamente se cometen muchos lapsus -facticos y lingüísticos- en nombre de la democracia. Por parte de oficialistas, pero también por parte de ciertos opositores. Lo que vimos ayer no es LA DEMOCRACIA.Es, en todo caso, una de sus expresiones. Una de sus formas. Que muchísima gente haya salido a la calle no implica que nuestra intensidad democrática sea mayor. No siempre la cantidad hace a la calidad. Sobre todo si tenemos en cuenta que muchos de los que ayer protestaron siguieron pidiendo que este Gobierno “se vaya”, o que dimitiera. De la misma forma, pero en la otra vereda, el Gobierno nos quiere vender como democrática una reforma nada más ni nada menos que a uno de los tres poderes que sustentan nuestro sistema de gobierno, sosteniendo, por ejemplo, que elegir por voto popular, y en listas partidarias, a los integrantes del Concejo de la Magistratura es profundizar el sistema republicano. Clima de época: hablar de democratización, sin permitir mover una coma de los proyectos enviados al congreso. Cuidado, señores. La democracia como coartada, de un lado y de otro,puede tener resultados nefastos.

Hago un paréntesis y provocadoramente pregunto, cuántos de los que marcharon ayer, y cantaron “se va a acabar la Dictadura de los K”, votaron a este Gobierno en Octubre de 2011? Tamaña paradoja, verdad? Solo hay una verdad en todo esto: si hubiera una oposición política consolidada, no hubiera habido marcha.

Ya lo hice en mi columna sobre el 8N. Y vuelvo pedir perdón por no poder pensar algunas cuestiones de otra manera, mi militancia política determina mucho mis razonamientos, pero no puedo dejar de marcar que esta gran protesta es la muestra fáctica más contundente de la debilidad que tenemos hoy los partidos políticos. Es asumir tácitamente nuestro fracaso, nuestra imposibilidad de pensar la política desde nuevos paradigmas, de lo costoso que se nos hace repensar propuestas y formatos de participación atractivos, y aggiornados a los tiempos que corren. En la medida que esto sea así ninguna organización podrá canalizar todas las demandas que se vieron ayer en la calle. Y mientras esto no suceda me permito ser un poco más escéptico que de costumbre, ya que las posibilidades de construir una alternativa real, de construir un contrapoder,que haga girar la rueda de la historia en el sentido del progreso, son cada vez más lejanas. Y lamentablemente en este escenario la disputa política seguirá siendo entre el conservadurismo administrativista entusiasta de Scioli, la vuelta de las recetas neoliberales de Macri, y, como mucho, algún candidato que pueda instalar el Kirchnerismo en diáspora. Todo arbitrado desde las grandes usinas mediáticas: La Corpo, y la ContraCorpo.

Sé que muchos no van a compartir estas palabras, y reconozco que hay cierta pulsión catártica en la columna. Pueden putearme con tranquilidad. Todo aporta. Pero también la idea era un poco esa: provocar. Por mi parte voy a seguir aportando en la construcción política de una herramienta que transforme verdaderamente la vida de la gente. Sin atajos,ni agachadas. Y con el compromiso que exigen los tiempos que corren. Al fin y al cabo Trotsky tenía razón: “Qué dicha la de vivir en tiempos tan trascendentales”.


@JoaquinitoAzcu

Santa fe, 19 de abril de 2013

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