Yo no sé por qué el sargentoMe llevó al destacamento
Si somos una familia muy normal
(Mr. Jones o pequeña semblanza de una familia tipo americana,
Sui Generis, 1973)
Normal. Normal. Normal. Repetí esa palabra tres veces. Diez. Cien veces. Repetila las veces que quieras. Aprovecha este segundo para gritarla., agarrarla en el aire, doblarla y ponerla en tu bolsillo. Lo bueno será que cada vez que la pronuncies, en el contexto que se te ocurra, va a tener un sentido diferente. A modo de ejercicio, repetila y usala en cualquier ámbito: en tu trabajo, en la cancha, teniendo sexo, en el colectivo, en la calle, en el club, referida al clima, a esta humedad santafesina insoportable. Es ya tan habitual su pronunciación que pasamos por alto su complejidad relativa, si la misma fuera pronunciada en el lugar y en el momento equivocado. Y creo que de todos los lugares adonde es recomendable imperiosamente no usarla hay uno en particular: en la Política. O mejo dicho, en un slogan político de campaña. Ahí no. Ahí te metes en un terreno bastante sinuoso. Mi vecina le llama berenjenal. Debo confesar que no me gustó nada eso de “Un país Normal”.
Normal es solo una palabra. Una entre tantas de nuestra prolifera lengua, y que no tiene porqué tener una carga negativa o positiva per se. El tema es que sin contexto somos todos marcianos. El ideario sociocultural de ‘Normalidad’ suele tener diferentes acepciones, pero en casi todas las oportunidades apuntala una misma idea: la de legitimar lo establecido. Lo normal entendido como lo que ocurre siempre, habitualmente, y por eso no produce extrañeza. Lo normal como regla general, como norma fijada de antemano. Preguntas: Qué cosa ocurre siempre? A quién no le producen extrañezas algunas ‘normalidades’? Cuál regla general? Fijada de antemano por quién? Qué apellido tiene este señor? Lo conozco al menos?
Guste o no guste el vocablo Normal suele empleárselo en innumerables ocasiones para justificar atrocidades. Para marcar privilegios de clase. Para articular dialécticamente defensas hegemónicas. ¿Quién dijo que lo normal es necesariamente bueno? Esa palabra podrá tener un uso correcto en lo estadístico. Pero difícilmente sea adecuada aplicarla genéricamente en el campo de lo social. Es que no deja de hacerme ruido entender que lo Normal esta asociado a cierto sentido común, y, como dijo gran amigo, el sentido común -en este país- es de derecha. Eso último que dije fue un chiste (pero no tanto).
Entiendo que las palabras no son una cuestión menor a la hora de transmitir ideas, pensamientos, o sentar posiciones. A la hora de definir qué somos y qué queremos. Hablando jurídicamente, es una cuestión fondo y formas. La palabra es parte de las formas. Y las formas -ya todos lo sabemos- son parte esencial del fondo. Elegir una palabra en vez de otra nunca puede ser inocente. Porque la utilización de una expresión determinada modifica el sujeto receptor. O sea, a quien le estamos hablando. Se pasa a transmitir un mensaje a ciertos actores sociales, dejando de lado a otros. Las palabras son la vestimenta de nuestra ideología.
Hagamos todo esto un poco más grafico. Hace no mucho tiempo, año 2010, las organizaciones sociales del colectivo LGBT, después de años de desencuentros, finalmente pudieron limar asperezas, ponerse de acuerdo, y armar una estrategia para empezar a dar la madre de todas las batallas: la (improbable, por aquel entonces) aprobación de la ley de Matrimonio Igualitario y adopción por parte de parejas del mismo sexo.
Exactamente mañana, 15 de junio, se estarán cumpliendo 3 años de su aprobación. Y fueron estas mismas organizaciones en aquel entonces las que decidieron ponerle el cuerpo a esa lucha. Les toco enfrentarse en innumerables ocasiones (foros, debates televisivos, radiales, audiencias públicas, etc) a fanáticos religiosos, políticos de extrema derecha, conductores televisivos de limitada formación, que los acusaban de que la ley por la que abogaban amenazaba romper los parámetros sociales de normalidad -ubicando al colectivo, por contraposición, en un lugar de anormalidad-. Que el país no estaba preparado para esto. Que el hecho de que parejas de un mismo sexo quisieran adoptar era anormal, intolerable. Cargaron con el estigma de esa palabra durante meses. Pero finalmente tuvieron su recompensa. Y quedaron en evidencia los estándares ‘normalizadores’ de una sociedad hipócrita, que se aferro a esa palabra para segregar. Porque, claro, el lenguaje puede ser una herramienta poderosísima para muchas cosas, incluso para segregar, discriminar, o acentuar relaciones asimétricas de poder. Ese año 2010 marcará un hito en la historia social de nuestro país. Es el año en el que pudimos sentir orgullo del lugar en el que nos toco nacer.
Por eso creo sana la idea de hacer una revisión crítica a la normalidad. De hecho, creo que la locura, en tiempos tan agitados, es una muestra de perfecta cordura. Y el ejemplo del Matrimonio igualitario, y los actores que supieron hacerlo realidad, es la fiel prueba de eso.
No hay que subestimar el vocabulario. Ni a los interlocutores de ese vocabulario. Hay prácticas que son “Normales”, y que no debieran serlas. Y hay actitudes, y personajes históricamente acusados de anormales más cuerdos que cualquiera de nosotros. Foucault (te amamos, Michael) se anticipo a todo esto: hablo de locura, normalidad, anormalidad, marginación y prácticas de dominación. El tema es que los genios del marketing parecieran no haberlo leído. Mala de ellos.
@JoaquinitoAzcu
Santa Fe, 14 de Julio de 2013
Si, qué triste elección de slogan, y empapelaron todo.... ¡Cuak!
ResponderBorrarTotalmente negro!!! Excelente vieja
ResponderBorrardesafortunados los "normales" que no saben de qué hablan cuando hablan, cuando dicen...
ResponderBorrary para publicar un comentario, google te pide que escribas un código para "verificar que eres una persona real" (WTF!!!)...ahá...podríamos discutir sobre ésto la próxima, no?
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